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Entorno.

Mira la Luna:      redonda, blanca, inalcanzable y siempre brillante. Luego mira al mar:      oscuro, inmenso, profundo e infinito. Ahora mira al cielo:      alto e impredecible, un lienzo que siempre permite que el mar lo imite. Entonces, únelos, ordénalos y sepáralos. Haz que cada uno ocupe el lugar que le corresponde. Y mira el resultado. Observa cómo todo se fusiona, cómo cada color resalta y combina, cómo la luz blanca de la Luna llena todo de brillo, cómo las estrellas adornan el lienzo oscuro... Mira cómo el cielo se va aclarando, cómo una luz clara se adueña de todo, cómo cada puntito de estrella va difuminándose y cómo la luz de Luna comienza a ser insignificante. Entonces, es hora de añadir el Sol,      gigante, brillante, caliente y dorado. Y, solo con él, todo cambia, despierta, mejora, y cobra un matiz distinto.

Alejo, en pasado.

Me alejé. De manera silenciosa, porque me negaba a hacer tanto ruido como los cobardes. Me alejé porque me cansé de inundarme en la miseria de sus historias, sus decisiones, sus días, sus pensamientos, y sus vidas. Me alejé porque estaba harta de esas horas enteras de auto-compasión,      y de esos días en los que mi felicidad ni mi alegría importaban,      porque la prioridad era escuchar sus problemas y depresiones. Me alejé porque mi lugar no era el subsuelo...    ese en el que vivía cuando solía deprimirme por todo. Me alejé por mí, porque deseaba quererme,                                         brillar,                                             encontrarme,               ...

Cielo.

Estaba enamorada del cielo...      ese gigante inmenso que estaba encima de todo. Lo miraba día a día, en cada una de sus facetas y cada uno de sus colores; y trataba de escribirle miles de líneas cada vez que me perdía en cada detalle suyo. Hasta que un día todo cambió      y un cielo un poco más cercano captó mi atención. Él tenía todo lo que amaba: Tenía estrellas en su espalda, igual que una noche estrellada. Sonreía y su felicidad tenía tantos colores como los de un atardecer. Podía volverse serio y oscuro, como una noche sin luna. También podía ser tan tranquilo y calmado como el amanecer. O transmitir tanta confianza como el cielo completamente azul. Simplemente, él era mi cielo. Un cielo que siempre estaba a mi lado y al que podía ver mucho más de cerca. Era el cielo, y el cielo fue hecho para ser admirado.

...

No te enamores de esa faceta risueña, sonriente y alegre; o de esa que se arregla, se peina o se aplica un poco de maquillaje. Más bien, enamórate de esa persona que no ama peinarse y que solo lo hace cuando está de ánimos; esa que tiene cambios de humor, y que trata seco y frío. Enamórate de esa persona que casi no dice "te quiero", que nunca sale y que vive en su propio mundo. Enamórate de esa galaxia que se crea en su piel o del café que desprende su mirada. Enamórate de sus palabras, aquellas que, algunas veces, crean emociones. Enamórate de ella: pequeña, inquieta, emocional e impulsiva. Enamórate de todo. Enamórate de mí.

2.

Tenía miedo de enamorarse.      Porque la vida le jugó sucio más de una vez,      porque se cansó de vivir miles de historias fallidas,      porque deseaba crear sus propias experiencias,      porque necesitaba tiempo para sí misma,      porque no deseaba aferrarse a nadie,      porque sabía que las personas son efímeras,      porque pensaba que había algo mal en ella,      porque la habían lastimado demasiado,      porque su corazón estaba evidentemente roto,      porque la soledad nunca la dejaba sola. Tenía miedo de enamorarse, pero aún así lo intentó.

I9-2.

Le quise de a poco. Aprovechando cada día como una sucesión de buenos momentos. Conocí sus manías, sus gestos, su manera de cambiar el tono de voz dependiendo de la situación y su dedicación contagiosa. Aprendí a quererle sin darme cuenta y poco a poco me fui acostumbrando a él. Me hacía sentir tan bonito. Todo era tan natural, fluido y tan poco forzado, que se sentía cómodo y seguro. Los días se nos pasaban en un suspiro y se nos hacían pocas las horas que pasábamos juntos... Y así fue como comenzó todo. Así, de la nada, nos dimos la oportunidad de querernos y de andar juntos por el mismo camino. A veces a paso seguro y en otras con tropiezos, pero siempre manteniendo el rumbo y disfrutando del paisaje.

Punto final.

Me mentiste. Descaradamente y desde el inicio. Dijiste que siempre estarías para mí, que jamás me harías daño y que no dejarías de apoyarme en ningún momento. Quería creerte, así que... te creí. Y caí hacia cada una de tus mentiras, igual que una polilla cuando es atraída hacia la luz. Me engañé. Te quise. Te necesité. Te escribí. Me humillé. Y te odié. Te odié con tanta fuerza que lastimaba y dolía. Dolía tanto que me mantenía allí, en el fondo, y jamás me dejaba salir. Pero quise cambiar y realizar mi última maniobra. Entonces, leí las palabras que jamás te habías atrevido a decirme, porque te convenía mantenerme a tu lado. Dijiste las palabras exactas que deseaba leer, aquellas que confirmaban lo que ya llevaba tiempo sintiendo. Así que, luego del dolor inicial, lo único que sentí fue alivio, en serio, te juro que jamás me había sentido tan triste, libre y feliz al mismo tiempo. Y así, de la nada, dejaste de doler.